Inédito

Bienvenidos al siglo XXI, el siglo del egocentrismo

Cuando me ha tocado el efecto colateral de las redes sociales virtuales o la exposición pública en vivo, tengo que confesar que los adjetivos que han usado me han puesto a reflexionar sobre si esos motes, calificativos o descripciones son ciertas.

IMG_3207En imagen, cuando se desea desacreditar a una figura, se tiende a atacar sus áreas de vulnerabilidad, por ejemplo, sus limitantes físicas, los familiares, las condiciones escolares o sociales, la religión o gustos sexuales, así como conductas o hábitos que puedan servir como materia prima para la mofa, la crítica o el escarnio.

En lo personal me han tachado de prepotente en varias ocasiones, de gay un par de veces, de poco profesional en un número similar, pero de egocéntrico, de eso si me ha sucedido en más de una docena.

En materia de crisis se recomienda equilibrar tales adjetivos con sus opuestos, es decir, si han dicho que soy prepotente, hacer evidente mi conexión humanitaria, acciones que denoten humildad, compresión y accesibilidad. Por tales actos se contrarrestan las aseveraciones hechas, antes de que estas se conviertan en un convencionalismo popular y por tanto se adquiera fama de tal cosa.

La teoría tiene mucho de cierto, pero a su vez presenta una trampa muy devastadora, pues en aras de apagar los incendios, a veces se suscitan otros, en la actualidad “quemarnos” es inevitable, lo es por el mismo hecho de vivir, pues vivir implica interacción, y es la interacción lo que manifiesta desavenencias y aciertos. Para comprenderlo de mejor manera, le invito a que acceda a “El precio de la vergüenza”, la charla TED de Monica Lewinsky.

Lo que desencadena incendios más complejos es la falsedad, pues en pro de remediar, las personas escenifican historias “churro” que por su paupérrimo nivel escénico, terminan incitando a ataques más férreos.

Otro video que deben ver es el de Rodrigo Chávez, alias Rorro en las redes sociales, pues nos habla del poder de defender lo que decimos y somos, pues por el simple hecho de existir tenemos ese derecho a opinar, el derecho a ser.

La verdad es que el anterior derecho y libertad se ha comprendido de tal suerte que puede ser usado para desprestigiar a los demás, pues en la ola permisiva de expresión, se nos olvido colocar el freno en ciertas cosas, por lo que podemos ver que el insulto, la calumnia y difamación, son recursos que no poseen censura ni sanción.

En la actualidad vamos sorteando crisis y contratiempos en pro de consolidar nuestra personalidad y trayectoria. Es el nivel de autoconcepción, lo que verdaderamente nos define.

Puede ser que una que otra vez he sido prepotente, puede ser que lo fui para frenar a alguien que se paso de la raya, puede ser que es la percepción de alguien y por tanto debo aceptar que no se gobierna en las cabezas ajenas, al mismo tiempo tengo que recordar que somos lo que hemos aceptado ser.

Somos las ideas que hemos comprado, las amistades que tenemos, las recursos y habilidades. En realidad, lo que somos es esa mezcla entre lo que los demás ven en nosotros, lo que vemos de nosotros mismos y el nivel de inteligencia emocional con que unimos ambas cosas.

Cuando he recibido comentarios a la yugular, lo que he hecho es reflexionar sobre mi conducta, he recapitulado en la interpretación de mi que deseo para el futuro y he puesto manos a la obra para que eso suceda sin importar lo doloroso que pueda ser, pues al fin de cuentas, con o sin comentarios, crecer duele, como lo advierte la literata Nancy Cárdenas en uno de mis poemas favoritos.

Hace años comprendí que tanto los agresores como los agredidos, inician sus acciones desde el grado evolutivo en el que se encuentran, por lo en los hechos negativos decidí agradecer ser el espejo con el que las personas ven lo que desean. Pues no vemos el mundo como es, lo vemos como somos, lo hacemos desde nuestras limitaciones y habilidades, desde nuestras expectativas y suposiciones, lo hacemos desde lo completos o fragmentados que estamos, en resumen, vemos el mundo y a las personas que lo integran, no como son, sino como hemos traducido y alcanzado a comprender según nuestra cosmogonía.

 

Muchas de las afirmaciones que se han dicho, por supuesto que me han lastimado, decir que no duele la agresión es mentir, lo que si es cierto es que con el tiempo la coraza se hace gruesa y comienza por aislarnos, las personas públicas suelen hacer de su vida círculos cerrados y de constante vigilia en la confianza.

En el caso de la prepotencia, de lo gay y de lo profesional, se puede trabajar como he dicho por medio del equilibrio, pero en el caso del egocentrismo, la pregunta es ¿cómo se le hace? ¿cómo se abandona el siglo de la vanidad y ultra-exposición? ¿cómo se va por el camino zen cuando la farándula, la moda y el marketing nos dan de comer? Lo único que se puede hacer es aceptar el siglo en el que se vive y pedirle a dios por aquellos que se quedaron uno o dos antes.

He aprendido una gran lección al escuchar con frecuencia a la comediante Sofía Niña de Rivera, pues “el valor de estar expuestos radica en que hemos reconocido nuestra vulnerabilidad y por tanto, hemos decidido en que objetivos enfocaremos nuestra energía”.

[texto inédito, escrito particularmente para este sitio]

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